El desencanto de Víctor Gómez Pin: «La tauromaquia ha de medir su abismo»

    El desencanto de Víctor Gómez Pin: «La tauromaquia ha de medir su abismo»
    • JUAN DIEGO MADUEÑO

      Madrid

    En el décimo aniversario de la prohibición de los toros en Cataluña el filósofo insiste en su defensa la fiesta y advierte: «La tauromaquia no debe aceptar el refugio político que le ofrecen»

    El filósofo Víctor Gómez Pin, en Barcelona.

    El filósofo Víctor Gómez Pin, en Barcelona.
    ANTONIO MORENO

    A Víctor Gómez Pin (Barcelona, 1944) no le interesa la defensa de la tauromaquia. Al menos no le interesa ya, después de haber repetido tantas veces los mismos argumentos. «Los tengo tan reiterados que me da vergüenza. No voy a repetirlos ni una vez más», señala el filósofo catalán que levantó la voz contra la decisión del Parlament de prohibir las corridas de toros en Cataluña. «La defensa que hizo el PP entonces fue nula. Nula», recuerda.

    El pensador, que acaba de sacar un nuevo ensayo, El honor de los filósofos (Acantilado), se desgañitó con la retahíla de valores ecológicos, aludiendo a la libertad y todo eso sin que sirviera de nada. Como no sirve ahora. Una década después queda una plaza de toros abandonada, una afición que languidece y el desencanto de Gómez Pin. «Parafraseando a Césare Pavese, la tauromaquia ha de medir el abismo en el que está. Hay varias causas que la han colocado ahí. Una de ellas es antropológica. No tiene culpa nadie. Y afecta a los taurinos igual que a los cazadores o a ciertas tradiciones gastronómicas. Es una cosa bien conocida. El conocimiento del alto grado de homología genética que se da entre algunos animales y los seres humanos ha dado lugar a una transformación del comportamiento ético clásico. Se ha extendido el imperativo de que la instrumentalización no sólo no debería afectar a los seres humanos sino que la niega a cualquier ser que sea susceptible al sufrimiento».

    La tauromaquia ya no cuenta con las ideas de Víctor Gómez Pin, que considera al hombre «una emergencia de la naturaleza. La aparición del hombre no es comparable a otras». Apenas le quedan ya intelectuales al toreo. La lista de siempre es el pasado, una ristra de tópicos. Picasso, Goya, Hemingway o Lorca son obviedades. «Son una coartada. Pueden decir que eran aspectos anacrónicos de sus personalidades. Proust recordaba que los gais se defendían en su época alegando que Descartes lo era igual que los judíos intentaron salvarse diciendo que Jesús lo era».

    Víctor Gómez Pin ha dado un paso al lado justo antes de convertirse en un lugar común. Esta deserción está provocada por «los otros, los que les dan todas las facilidades a los antitaurinos«. Por los otros se refiere al «partido que reclamaba unidad interior, mano dura contra la inmigración, coto a la permisividad en materia de reivindicación de la propia sexualidad y rechazo a las leyes que apuntan a la igualdad efectiva entre hombres y mujeres. Es un partido que lleva eso en su actitud el que elige a un torero como personaje emblemático. Esa imagen del torero a caballo, rodeado de capitostes de la formación, sus reiterados brindis al cabeza de la misma, dan coartada a una pulsión política que yo considero literalmente regresiva. Pulsión política tan letal como fueron las posiciones políticas de sus análogos en el pasado. ¿Qué hubiera hecho este torero si hubiera dado muestra de respeto por la tauromaquia? He sido muy amigo de Antonio Ordóñez. A Antonio nunca se le hubiera ocurrido hacer algo parecido. Sabía que la defensa de la tauromaquia no pasaba por ahí. No es una posición inteligente».

    «Soy muy de izquierdas. Desde la adolescencia. Cuando llego a París [a estudiar filosofía en la Sorbona] lo primero que hago es buscar militancia política. La única que merecía la pena en ese momento ya sabes cuál es», recuerda. Culpa a Vox, «ese partido que no voy a nombrar», de justificar algunas barbaridades de la izquierda. «En agosto de 2019 un miembro de Unidas Podemos, con el que es posible que comparta muchas ideas, quizá haya votado a favor del Ingreso Mínimo Vital, en fin, se refirió a la tauromaquia como ‘franquismo resucitado’. Me pregunto qué ha pasado. Habrá gente desde Cádiz a las landas francesas y hasta Cali y Ceret que, sin haber pisado una plaza de toros, considere la tauromaquia parte de su acervo cultural. A ese muchacho le diría: ¿se da cuenta del peso de sus palabras, la ofensa profunda que infiere a millones de personas? ¿Se da cuenta de lo que significa tratar a millones de personas como bárbaros? Esas dos cosas, el animalismo y la política, hacen muy difícil a los defensores de la tauromaquia sustraerse de las críticas», analiza.

    La Fundación Toro de Lidia considera la tauromaquia la última frontera del animalismo. El objetivo para cambiar, de forma definitiva, nuestra relación con los animales. Gómez Pin no está de acuerdo. La tauromaquia no es el dique de nada: «La tauromaquia, desgraciadamente en España, está siendo muy recuperada por un sector que no lo considero un factor de humanismo».

    Ni la concibe como un espectáculo de masas. «Tiene que saber que es una minoría y debe aceptar el devenir intelectual del mundo. Hay que defenderla donde está. Y no intentar ampliar su campo de actuación» o, lo que es lo mismo, explicarla. Gómez Pin considera, por tanto, que la tauromaquia y sus defensores no están a la altura del desafío que se les plantea. «Tengo la sensación de que, agonizante, vituperada en los foros con peso moral y político en la sociedad actual, lo último que ha de hacer es aceptar el refugio que le otorgan representantes de un universo ideológico que en ocasiones se sirve meramente de la tauromaquia como la sangre de un perro famélico sirve a la garrapata. Cuando hay un gran peligro hay que tener una gran respuesta. La tauromaquia no la tiene».

    Los toros sí son la última frontera de la ironía: prohibirlos en nombre del ecologismo. «Si a un ganadero de reses bravas le dices que en nombre de la ecología le van a prohibir su tarea, no entiende ni una palabra. Todo el que ha visitado una ganadería lo sabe. Estoy enfrente de estas tesis animalistas. Es una visión que mezcla antropología, filosofía y algunas corrientes religiosas. El ecologismo se confunde con ese discurso. Mi amigo Alejandro Talavante, que vive encerrado en el campo, es más ecologista que cualquier votante que haya votado a los ecologistas en las últimas elecciones francesas».

    ¿Tirarán las estatuas de los toreros? «¿Qué va a pasar en Ronda? Hay monumentos a los poetas y a los toreros. No sé si los respetarán. Si esto sigue así, ¿prescindiremos de Alejandro Magno, cuyo preceptor fue Aristóteles?». Ningún torero es ya un héroe para casi nadie. «Un dia le pregunté a Díaz Yanes si algún productor se decantaría por la producción millonaria de Carmen, de Francesco Rossi, que rinde homenaje a los matadores, antes que por la dirección escénica de la ópera que hace Vietto, donde se representa un mundo taurino grotesco y cutre. Dijo que ninguno».

    -¿Tenemos derecho a utilizar a los animales?

    El hombre tiene derecho a matar a los mosquitos, por ejemplo. Hay animales que son beneficiosos. Un campesino quiere mucho a su perro. Y a su vaca, pero no la compara con su hija. Los alimenta. La energía que les da, se la devuelven en forma de esfuerzo. Somos los primeros que alimentamos a otra especie exigiéndole no devolución de energía sino amor. Antes le exigíamos cariño a los niños. Ahora, en Barcelona, hay más mascotas que niños.

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