‘Anfitrión’: dos horas felices en el Festival de Mérida

    ‘Anfitrión’: dos horas felices en el Festival de Mérida
    • DAVID VIGARIO

    Los actores Pepón Nieto, Toni Acosta, Fele Martínez, Pepe Tous, Daniel Muriel y María Ordóñez elevan a la excelencia el segundo estreno del curso en el Teatro romano.

    Un momento de 'Anfitrión'.

    Un momento de ‘Anfitrión’.
    JERO MORALES

    Este país necesita, más que nunca, una sonrisa. Al menos durante casi dos horas, tiempo que transcurre en un suspiro en el segundo estreno de este singular Festival de Mérida tan atípico este verano. Tras la tragedia de Antígona la semana pasada, era casi imprescindible en estos tiempos de zozobra que la versión actualizada de una comedia tan clásica como la de Anfitrión de Molière devolviera la mejor de las sonrisas al espectador, aunque fuera debajo de las mascarillas y con las medidas de distanciamiento. Y la obra lo consigue con grandes dosis de eficacia en el debut en Mérida del director Juan Carlos Rubio, autor de una versión que triunfa, sobre todo, por la soberbia actuación de los seis espléndidos actores, a cada cual mejor. Pepón Nieto, Toni Acosta, Fele Martínez, Pepe Tous, Daniel Muriel y María Ordóñez están tan brillantes, comparten tanta energía y se complementan tan bien, sin pisarse ninguno a otro, que forman un elenco realmente de lujo.

    El matiz importante que introduce Rubio cuatro siglos después, y por supuesto mucho más que en la versión original de Plauto, es el papel preponderante de la mujer, moderna, liberada, con autonomía, hasta situar el rol femenino, incluso, hasta al mismo nivel de los dioses en un final culmen de la felicidad, que es lo que busca siempre la línea argumental de la pieza.

    Ambientada en los años 50, en una destartalada caravana circense denominada Circo Olimpo, con unos titiriteros en decadencia, el espectáculo, como se remarca en la obra, debe siempre continuar, también en tiempos de pandemia y de temperaturas, a media noche, que superan ampliamente los 30 grados en esta nueva normalidad que obliga al certamen a ocupar sólo el 50% (en la primera obra fue el 75%) de las localidades -1.500 espectadores- con las nuevas restricciones. Ya están todas las localidades vendidas hasta el domingo…

    El sano y nada fácil propósito de entretener, sin caer en el chascarrillo fácil que permite el consumo ligero, es una de las grandes virtudes de esta versión, que mezcla la diversión, el humor y la ironía con grandes dosis de profundidad, como la relación hombre-mujer, los problemas y virtudes del matrimonio, la fidelidad y hasta las servidumbres en las relaciones entre el señor y su sirviente. Hay sonrisas, muchas.

    Pero no es Anfitrión una comedia que busque la carcajada constante, a pesar de que irradie optimismo por todos sus poros y transmita una felicidad constante, también con dosis de sensualidad. Y esa es su gran virtud.

    También hay tiempo para reflexionar sobre la autenticidad interior y, por el contrario, ahora tan de moda, los perjuicios de estar sometidos a la imagen de marca que ofrecemos, Instagram mediante, constantemente a los demás. Así como los personajes se desdoblan constantemente durante la función, perdiendo hasta su identidad en muchos casos, nosotros también lo hacemos en nuestro día a día a través de los móviles para dar, en muchos casos, una imagen que no es realmente la nuestra. Vendemos nuestro producto más que nunca, y ese producto no es nuestro interior, si no nuestra apariencia. Todos nos duplicamos, suplantamos personajes, como en la función que se nos muestra, pero realmente sería oportuno saber cuál es nuestro yo más auténtico. Por ahí también transcurre buena parte de la obra y es lo que intenta comunicar el director, víctima del Covid-19, aunque felizmente recuperado.

    Así que Juan Carlos Rubio nos viene a recordar que el postureo, aunque ahora esté de moda, ya ha estado presente muchos siglos antes, siendo víctimas de nuestra propia imagen, incluso en Tébar y en sus protagonistas: Júpiter (Daniel Muriel) y su hijo Mercurio (Pepe Tous) suplantan a Anfitrión (Fele Martínez) y su criado Sosia (Pepón Nieto) para que el dios supremo -ya en la tierra- pueda seducir a Alcmena (Toni Acosta).

    La puesta en escena, con un carromato varado donde se suceden los enredos, es el epicentro de un envoltorio colmado de telas circenses sobre el escenario, diseñado por el escenógrafo Curt Allen Wilmer (Aquiles el hombre, en 2016, y premio Max en 2017 por su escenografía de Hamlet para la compañía Teatro Clásico de Sevilla), que se complementa a la perfección con la música original de Julio Awad, donde es especialmente significativa la representación de María Ordoñez (soberbia en el papel de Tesala (Cleantis), sirvienta de Alcmena), que nos lleva a los momentos más profundos de la representación con su brillante actuación musical.

    Seguramente, la sociedad necesite pronunciar en más ocasiones, como sucede en la obra, la palabra mágica, Zacatanga, aquella que permite parar el tiempo, reflexionar y tomar las decisiones con más pausas y con menos rapidez que nos exigen nuestros seguidores virtuales. Quizás, entonces, todos fuéramos más felices si dejáramos de pensar en los ‘likes’… Los protagonistas así lo entienden en el final de la obra, donde consiguen resolver sus problemas desde la comprensión y con la mejor de las sonrisas. Justo lo que todos necesitamos.

    Conforme a los criterios de

    The Trust Project

    Saber más

    Leer mas

    Related Articles

    Deja una respuesta

    Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *